30.12.09

10 peruanos

Las obras narrativas de la última década

Imponer el número 10 como límite trae consecuencias indeseables: podría haber cabido en esta lista algún libro de Jorge Eduardo Benavides, Fernando Ampuero, Luis Hernán Castañeda, Fernando Iwasaki u Oswaldo Reynoso (pienso en
El goce de la piel), etc.

Los diez que he elegido están dispuestos en orden estrictamente cronológico.

La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa (2000). En Conversación en La Catedral, Vargas Llosa ensayó algo peculiar: una novela de dictadura sin la presencia del dictador, transformado en el ubicuo fantasma detrás de todas las historias, privadas o públicas. En La fiesta del chivo el corazón de las tinieblas es el tirano, siempre visible, pero también la capacidad del autoritarismo de metamorfosearse bajo apariencias menos evidentes. Gran novela, de las mejores en el subgénero, quizá la más perdurable de las letras peruanas en la década.

La disciplina de la vanidad, de Iván Thays (2000). No sé si alguien ha hecho notar lo semejante que es la estructura de esta novela a la estructura de un blog: recortes, citas, alusiones, textos mínimos entre los que se van estableciendo casi invisiblemente una trama y un tejido que es más emocional e intelectual que argumental; si a eso le sumamos que uno de los elementos conciliatorios de La disciplina de la vanidad, en tanto novela-ensayo, es la recurrencia del tema (y los síntomas) del fetichismo de la literatura y los hacedores de literatura, entonces se explica por qué, pocos años después de publicado el libro, su autor se había establecido ya como el más leído y comentado blogger literario en lengua española. Quizá esta sea la mejor novela peruana de mi generación.

El mundo sin Xóchitl, de Miguel Gutiérrez (2001). Miguel Gutiérrez, que ha concluido la década con una novela acartonada, de pobre estilo y personajes que se desmoronan a la primera mirada (Confesiones de Tamata Fiol), la inauguró en el 2001 con uno de sus libros más interesantes: El mundo sin Xóchitl, las memorias de un anciano que, en sus últimos días, recuerda con nostalgia el amor incestuoso por Xóchitl, la hermana ahora ausente. (A propósito: ¿dónde estuvieron entonces los críticos que luego lapidaron a Claudia Llosa por incluir el incesto en Madeinusa?).

La casa del cerro El Pino, de Óscar Colchado Lucio (2003). El cuento que da título al libro, y con el cual Colchado ganó en el 2002 el prestigioso premio Juan Rulfo de narración breve, debe de ser una de las ficciones más originales escritas en el Perú sobre el asunto de la violencia política. Como en otras obras del ancashino, el rasgo más fascinante es la convivencia de una estructura narrativa experimental y arriesgadamente moderna con un contenido ideológico andino de raís mítica.

Casa
, de Enrique Prochazka (2004). Prochazka elige filosofar bajo la forma de la narración y sin embargo sus textos son no sólo densamente reflexivos sino también hechos de tantos vericuetos argumentales como los que ostenta la fantástica casa que da título a la novela. Uno lee la historia con la curiosa impresión de que la próxima puerta abrirá el dormitorio de Wittgenstein, el estudio de Feyeraben o el delirante gabinete de Friedrich Nietzsche.

War by Candlelight, de Daniel Alarcón (2005). Han pasado sólo cuatro años desde que Daniel Alarcón publicó su primer libro, una colección de cuentos originalmente escrita en inglés y que pronto vio dos distintas ediciones (con dos distintas traducciones) en español: Guerra en la penumbra y, más apropiadamente, Guerra a la luz de las velas. En esta media década, Alarcón se ha vuelto un nombre familiar y una presencia repetida en el Perú, donde ya resulta irrelevante preguntarse si es un escritor propio o extraño. War by Candlelight debe ser el más consistente de sus libros: narraciones sensibles y sagaces sobre coyunturas extremas de la vida urbana contemporánea. (Comenté algo sobre War by Candlelight y la novela Lost City Radio en un artículo para Somos el año 2006 y publiqué una entrevista a Daniel en Caretas en diciembre de ese año).

Travesuras de la niña mala
, de Mario Vargas Llosa (2006). Recibida con dudas y murmuraciones, y pienso que muy injustamente tomada como una fantasía machista, esta novela de Vargas Llosa, entretejida como contrapunto a Madame Bovary y La educación sentimental (dos libros que releí el mes pasado), es la más fascinante saga amorosa de la narrativa peruana, la historia de un amor mil veces negado, mil veces contrariado, traicionado y malherido, entre cuyas páginas se cuentan también, con nostalgia, los hitos centrales en la educación social y política de su narrador, a lo largo de medio siglo. (La reseñé para Somos de El Comercio en mayo del 2006 y republiqué ese texto en este blog).

El fondo de las aguas
, de Peter Elmore (2006). Iván Thays (como yo) eligió esta novela de Peter Elmore entre sus cinco libros favoritos del 2006, y justificó su selección, en El Mercurio de Chile, con este párrafo: "Uno de los fenómenos más interesantes es aquel que llamo Alphavilles peruanas, que consiste en crear ciudades apocalípticas, muchas inspiradas en la propia Lima. La obra más lograda de este género es esta novela estupenda que, a través de referencias a obras consagradas, y de género (policial y hasta gótico), construye una metáfora sobre la marginalidad y la corrupción pero también la reconciliación a través de la memoria". Por mi parte, recuerdo las veces en que, mientras escribía esta novela, Peter me mencionó la impresión que le había causado la lectura de Vivir afuera, de Fogwill: allí puede hallarse una pista de sus intuiciones. (Escribí algo sobre El fondo de las aguas aquí mismo).

El susurro de la mujer ballena, de Alonso Cueto (2007). La novela que terminó de consolidar la fama internacional de Alonso Cueto fue, si la memoria no me traiciona, la primera en la década en que su autor se alejó de los temas políticos o sociales y se internó de lleno en una historia personal, resucitando de paso el talento para la construcción de personajes femeninos que ya había mostrado desde sus primeros cuentos. El susurro de la mujer ballena es una historia dramática escrita en clave de modesta reflexión y con perfil bajo: una novela sencilla, sentimental, pero a la vez feroz en sus observaciones sobre los puntos en que el calculado ajedrez de las relaciones personales en la clase media burguesa se quiebra y estalla brutalmente.

La iluminación de Katzuo Nakamatsu
, de Augusto Higa (2008). La literatura peruana no está demasiado acostumbrada a la aparición de narraciones como esta nouvelle de Higa, alucinada, personalísima, guiada por el olor del desvarío y la intuición de la locura, y que, en sus poquísimas páginas, es capaz de nuclear un relato anecdótico de inmensa tristeza con los delirios de una visión pesimista sobre la xenofobia, el rechazo al otro, la dificultad de los descendientes de migrantes para ingresar y mantenerse dentro de la sociedad todavía ajena en la que habitan. (La comenté con un poco más de espacio aquí).

10 de la década

Narradores notables de América Latina (2000-2009)

Obviamente, mi nómina es en alguna medida arbitraria y a todas luces incompleta.

Hay narradores consagrados que siguen en actividad pero no han producido de manera especialmente significativa en la última década: Fogwill, Abelardo Castillo, Miguel Gutiérrez, Oswaldo Reynoso, Alberto Fuguet, etc.

Hay otros muchos que siguen destacando y que de seguro entrarían con justicia en la lista de muchos otros comentaristas (o en una lista mía en otro momento), como el gran Joao Gilberto Noll, Mario Bellatín, Rodrigo Fresán, Jorge Volpi, Guillermo Martínez, Pablo de Santis, Alonso Cueto, Fernando Ampuero, Edgardo Rivera Martínez, Laura Restrepo, Mayra Santos Febres, Iván Thays.

Y hay algunos escritores fundamentales cuya mejor producción en la década ha sido ensayística: Juan Villoro, Ricardo Piglia, por ejemplo. Pero decidí quedarme con solamente diez, y esa barrera me limitó a enumerar los siguientes nombres:

1. Roberto Bolaño (Chile).
A los libros que publicó en vida se han sumado los póstumos, y la lista continuará expandiéndose pronto con la aparición de El Tercer Reich. Bolaño ha sido la leyenda dominante en América Latina durante el paso al siglo veintiuno. Todos parecen admirarlo, aunque unos lo demuestren con afecto, otros por efecto y unos más con afectación. En la década venidera comenzará a despejarse la incógnita de su influencia real sobre las nuevas generaciones: hasta ahora parece que lo central de su influjo fueran los rasgos menos cruciales de su obra; falta ver cómo marca 2666 a la producción literaria de lengua española en los años futuros.

2. Rodrigo Rey Rosa (Guatemala). El mejor novelista centroamericano de hoy, hijo adoptivo del gran Paul Bowles, y a quien, como bien dijo hace unos días Iván Thays, los guatemaltecos suelen ningunear por considerarlo "poco guatemalteco", es el más constante productor de novelas y cuentos de gran nivel en la región, un autor consistente, personal, cuyas ficciones considerables fluctúan entre la fábula íntima y la discusión social. Rey Rosas, a inspiración de sus ídolos anglosajones, ha elegido un nicho difícil: la disciplina del lenguaje escueto para decir historias complejas y largamente polisémicas.

3. Mario Vargas Llosa (Perú). Con La fiesta del chivo y Travesuras de la niña mala, Vargas Llosa aseguró que su biografía literaria abarque también la primera década del siguiente milenio. La primera es una revisión libertaria (a ratos casi anarquista) del tema del dictador y el autoritarismo, que él mismo había abordado de manera sui generis en Conversación en La Catedral casi cuatro décadas antes. La segunda es, por lo menos, la mejor saga de amor de la literatura peruana.

4. Rubem Fonseca (Brasil). Aunque sus cuentos más emblemáticos fueron publicados en las décadas de los setenta y ochenta, y sus novelas cruciales en la de los noventa (incluyendo la imprescindible Agosto), los cinco libros de narrativa que ha producido Fonseca en la última década, y las numerosas traducciones al español, lo han convertido en uno de los más leídos autores de América Latina. Fonseca tendría ya bastante con ser la nave insignia del realismo sucio en la región (el padre de los Guillermo Fadanelli y los Pedro Juan Gutiérrez), pero lo cierto es que sus libros suelen ir más allá: son las locaciones de una inteligente reflexión sobre la ética de la calle y la moral de la desesperanza urbana.

5. Diamela Eltit (Chile). La siempre oscura, siempre difícil, siempre intelectual Diamela Eltit, dedicó parte de la década a una renacida afición por el experimento y la imagen, pero también se dio el tiempo para publicar tres libros, y el último de ellos, Jamás el fuego nunca, es una interesante narración sobre la decadencia de las utopías rebeldes, de la izquierda regional, de los sueños revolucionarios y la estructura sobre la que debieron apoyarse en el mundo real.

6. Edmundo Paz Soldán (Bolivia). Si alguien ha tomado para sí la responsabilidad de introducir la narrativa latinoamericana en el mundo de la tecnología y la solución de continuidad postmoderna entre lo real y lo virtual, sin alejarse mucho del realismo de aliento político que define a buena parte de nuestra tradición, ese es el cochambambino Edmundo Paz Soldán. Habiendo pasado la mitad de su vida en los Estados Unidos, Edmundo también es un puente peculiar en las relaciones entre el universo anglosajón y las letras hispanas: su posición académica ha empezado a otorgarle cierta centralidad en su relación con las generaciones más jóvenes de escritores que migran al norte o a España (que ya las hay).

7. Junot Díaz (República Dominicana). Con solamente dos libros, Junot Díaz (junto a escritores como la cubana Achy Obejas) ha desplazado a autores como Óscar Hijuelos o Rosario Ferré de los lugares centrales en esa complicada tierra de nadie que es la literatura latina en los Estados Unidos. Su Drown es una colección de cuentos más o menos ubicables dentro de la tradición de las minorias hispanas en Norteamérica; su The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, en cambio, es un complejo esfuerzo de reinscripción de una tradición caribeña --la del humor barroco de Cabrera Infante o Luis Rafael Sánchez-- en la lengua inglesa.

8. Antonio José Ponte (Cuba). Habiendo publicado lo mejor de su obra a partir del año 2000, el matancero Ponte es probablemente el mayor hallazgo literario de América Latina en el nuevo milenio, y solamente la irregularidad de nuestra crítica inmediata y la dificultad relativa de la obra del cubano pueden explicar el hecho de que ese reconocimiento no sea unánime. Un arte de hacer ruinas o El libro perdido de los origenistas, con toda su sutil belleza, son el mejor anuncio para La fiesta vigilada, sin duda una de las cuatro o cinco mejores novelas aparecidas en los últimos diez años en español.

9. Mario Levrero (Uruguay). Leí a Levrero casi completo en las tres semanas anteriores a su muerte, en el 2004, guiado por una breve alusión de José Miguel Oviedo, cuando pocos fuera de Uruguay reconocían su interés. En los años siguientes, aparecieron Ya que estamos, los dos volúmenes de Irrupciones, Los carros de fuego y su masiva anti-narración La novela luminosa. Más importante que ello: el irónico desentierro postmortem de sus libros les devolvió a los lectores hispanohablantes la maravilla de la trilogía involuntaria (1970-1982): La ciudad, El lugar y París, una novela simplemente insólita y maravillosa. Hoy, Levrero es un nombre familiar y debería mantenerse así.

10. César Aira (Argentina). Es posible que sus mejores novelas (Cómo me hice monja o Ema, la cautiva) sean, varias de ellas, las que escribió antes de la década pasada, pero no cabe duda de que los primeros años del nuevo siglo han hecho de César Aira la más improbable niña de los ojos tanto de la crítica como del lector común en el mundo hispano. Heredero de Lamborghini, de Wilcock, de Copi y los demas raros del Río de la Plata, Aira ha convertido lo insólito en mainstream y lo enajenado en producto de consumo casi popular.

28.12.09

Feliz día, Gustavo

Hablando en serio, ahora sí

Normalmente, en estas fechas siempre hacía una broma por el día de los inocentes. Y muchas veces, esas bromas las hacía en pared con Iván Thays y "Notas Moleskine".

Era divertido. Pero este 28 no hay bromas. El único al que todo el año lo han agarrado de inocente, en realidad, es a mí. Así que Feliz Día, Gustavo.


27.12.09

Test de Wilde, 8

Gabriela Wiener y los dinosaurios

La escritora peruana, autora de Sexografías y Nueve lunas, le confía al non-Wilde sus planes (¿todavía posibles?) de eliminar a Amelie y a Alejandra Vidal Olmos en la misma hoguera.

¿Qué pintor ha pintado el mundo como tú lo imaginas cuando escribes?

Ninguno. Una fotógrafa, quizá, tipo Nan Goldin.

¿Cuándo comenzó el siglo XXI para la literatura en español?

¿Ya empezó?

En una tumba está enterrado el compromiso social del escritor; en otra, el realismo mágico. ¿A cuál de los dos ataúdes le pondrías un clavo extra?

El realismo mágico ya no necesita ni ataúd, se hizo polvo,
is blowing in the wind. El compromiso social seguramente se sale constantemente de su tumba como en la noche de los muertos vivientes.

Estás en París, a principios del siglo XX. Todos los escritores que conoces pertenecen a algún grupo literario y ninguno te acepta. Tienes que inventar tu propia escuela: ¿cuál sería?

El Resentidismo. Y consistiría en destruir a todos los que no me aceptaron. Literariamente hablando, claro.

Si pudieras cambiar parte del argumento de una célebre obra literaria, ¿qué obra sería y cuál sería el cambio?

Reduciría la importancia del dinosaurio en el cuento de Monterroso, siempre he pensado que era un personaje de relleno.

La muerte de Emma Bovary fue la mayor tragedia en la vida de Oscar Wilde. ¿A qué hecho ficticio habrías aludido tú si hubieras sido autor de la célebre frase?

(De fake a fake). La muerte de Emma fue la mayor tragedia de mi vida. No hay nadie que la haya llorado como yo, ni Mario. Su estilo fraudulento de vivir ha sido siempre mi modelo a seguir.

¿A qué personaje literario le caerías a golpes?

A la Alejandra Vidal Olmos de Sobre héroes y tumbas la quemaría viva junto a Amelie.

¿Cuál fue el último libro ajeno que te ocasionó un atisbo de envidia?

Vivo en permanente estado de envidia. Sobre todo si el libro está bien, lo ha escrito una mujer y está buena. Exactamente como envidiarle una cintura o unos zapatos. Últimamente me ha pasado con Nadie es más de aquí que tú, de Miranda July (es tan fashion), La hija de la amante de AM Homes (es tan cruda) y El mundo después del cumpleaños de Lionel Shriver (es tan exuberante).

Te llevan, por un tiempo indefinido, a las mazmorras del castillo, donde sólo hay dos celdas que ya albergan cada una a un prisionero. ¿Prefieres compartir la celda del Quijote o la de Hamlet?

Convivir exclusivamente con cualquiera de los dos debe ser insoportable. Pagaría al guardia para turnarme una noche con Hamlet y la otra con el Quijote. Y sobre todo intentaría pasar el mayor tiempo posible con el guardia.

TS Eliot aceptó las masivas modificaciones que Ezra Pound le hizo a The Waste Land. ¿A quién --sin barreras de tiempo-- le darías una libertad similar con un manuscrito tuyo?

A uno muy viejo y muy verde, como Philip Roth. E intentaría darle libertades escandalosas.

Mishima construyó un ejército personal para reivindicar la idea de honor del Japón medieval. ¿Con qué objetivo armarías un ejército?

Sería un ejército para liquidar a los escritores suicidas.

Siempre ha habido libros de los que medio mundo habla pero que muy pocos leen en verdad. ¿Con qué libro sospechas que ocurre algo parecido en estos tiempos?

2666. Un libro extraordinario.

Te acaban de nombrar ministro de Educación y tu primera orden es eliminar de los libros escolares a cierto autor. ¿De quién se trata?

Eliminaría a todos los buenos. Pondría a leer obligatoriamente a Dan Brown, Paulo Coelho, Kent Follet, etc., y así los chicos terminarían odiándolos.

Si tuvieras el poder de regresar a la vida a un escritor ya muerto, ¿a quién elegirías y por qué (o para qué)?

Al novelista Mario Vargas Llosa. El año que viene, esperemos.

20.12.09

Invisible e inefable

Invisible: acaso la mejor novela de Paul Auster

Durante el último par de años, me acostumbré a recomendar las novelas del holandés Harry Mulisch con una frase que, me pareció, la mayoría de los lectores hispanohablantes comprendería de inmediato: Mulisch es todo aquello que Paul Auster intenta ser. Esto a pesar de que Auster es uno de mis novelistas americanos preferidos.

Pues bien, luego de leer Invisible (que según entiendo no tardará en aparecer en traducción al español) debo corregir la ruta: Auster es hoy el autor que siempre ha tratado de ser, y su novela más reciente es quizás la mejor de su carrera.

Por lo menos puedo decir, sin duda, que a mí ninguna novela suya, desde The New York Trilogy y, particularmente, desde City of Glass, me ha parecido tan rotundamente inteligente ni tan sorpresiva ni tan sensible como Invisible; ninguna, desde aquellas primeras narraciones suyas, me ha dejado con tantas ganas de seguir leyendo, o de releer lo apenas visto, ni con una sensación de misterio, abismo e intuición de lo inefable tan grande como la que provoca ésta última, incluso comparándola con otros libros suyos notables como The Book of Illusions o Leviathan.

Invisible (de la que espero escribir con más tiempo tan pronto como regrese de Puerto Rico) es, para comenzar, estructuralmente brillante: empieza con un relato en primera persona, recapitulación de una experiencia tangible y, aunque enigmática, muy presente, muy palpable, real. Pero luego, a medida en que la historia se va enrareciendo y extrañando, las voces narrativas se vuelven más y más oblicuas, mediadas, indirectas: el protagonista pasa a recontar su propia anécdota en segunda persona, y luego en tercera, enajenándose de sí mismo, alienando su punto de vista, extraviando la introspección para observarse como un otro; y luego se diluye, abandona su propio escenario, y el relato debe ser recogido por otros narradores que intentan suplir el vacío con referencias lejanas y alusiones de segunda mano.

Ese procedimiento es cervantino y borgeano, como suele ocurrir en los libros de Auster por obra de esa tendencia suya a la identificación con fuentes hispanas (Vila-Matas es aludido en algún momento en Invisible). Pero no puedo recordar otra novela del neoyorquino en la que se haya apropiado del mecanismo de manera tan personal.

En Invisible, Auster ensaya una serie de variantes que no se limitan a comprometer o poner en duda la frontera entre la certeza de lo real y la duda de lo imaginario, la realidad y la ficción, la vigilia y el sueño, la seguridad de la Verdad y el relativismo de las verdades extraviadas; más allá de eso, el enrarecimiento de las voces narrativas y los puntos de vista le sirve para abrir una serie de agujeros en el tejido emotivo de la historia, agujeros que son el centro mismo (agujeros negros) de la novela toda: los diversos relatos se levantan y se hilvanan unos con otros a la vez que se ponen en duda unos a otros, de modo que el lector empieza a descubrir que es en las contradicciones y en las imperfecciones, en los vacíos y las grietas donde habitan las ideas cruciales de la historia.

Esas ideas tienen una sola cosa en común, el rasgo anunciado en el título: su invisibilidad, su acuciante y angustiante intangibilidad, su naturaleza huidiza, inasible, inefable, es decir, la hiriente posibilidad de su inexistencia: la novela de Auster, pese a la vivacidad de su anécdota y las vueltas en u de su trama cuasi policial, es un texto acerca de las infinitas formas de la ausencia: la carencia, la depresión, la soledad; la nostalgia y también la melancolía; la enfermedad de no tener, la tristeza del ser incompleto.

También es el libro en el que más notoria y notablemente Auster se ha aproximado de manera creativa a las ideas del Wittgenstein del Tractatus, al Wittgenstein de la imposible frase final del Tractatus: esta es una novela que respeta escrupulosamente la noción de no hablar intelectualmente sobre aquello de lo que no se puede hablar con certeza; pero al tejer y retejer obsesivamente en todos los bordes de esa frontera, Invisible nos deja intuir con asombro una de las formas que ese límite puede asumir.

11.12.09

Lecturas caribeñas

Tan rápido que no parecerá un paréntesis

Este blogger y su comitiva salen de vacaciones en la mañana. Me espera República Dominicana, una semana, y otra más en Puerto Rico. Pero no se van a librar de que postee una que otra vez desde allá.

Por lo pronto, me llevo (a medio leer) tres cosas: la primera es
Invisible, la más reciente novela de Paul Auster, que se acaba de poner muy bien al final de su primera parte. Creo que no tarda en salir en español.

La segunda es The Book of Genesis de Robert Crumb, que es, según las malas lenguas y también las buenas, la obra cumbre del padrastro del cómic underground.

Y se viene en mi maleta, por último, The Scarlet Letter, de Nathaniel Hawthorne (¿les he contado que fue alumno y profesor de Bowdoin College?). La leí hace mil años en español, pero recién ahora lo hago en el original.

Dicho sea de paso, la edición que tengo viene precedida por un largo ensayo del mismo Hawthorne, en el que explica, entre muchas otras cosas, la mecánica de su escritura y la forma en que concibió esta novela. Muy interesante.

6.12.09

Test de Wilde, 7

Jorge Eduardo Benavides: golpe a Corazón

El arequipeño, autor de Los años inútiles, La noche de Morgana y El año que rompí contigo le responde a nuestro fake Wilde desde el fondo mismo de su neonegativismo.

¿Qué pintor ha pintado el mundo como tú lo imaginas cuando escribes?


Para mis novelas políticas, Goya... aunque también podría ser Escher.

¿Cuándo comenzó el siglo XXI para la literatura en español?

No sé cuándo empezó el XXI, pero el XX finalizó, con traca final incluida, con Roberto Bolaño.

En una tumba está enterrado el compromiso social del escritor; en otra, el realismo mágico. ¿A cuál de los dos ataúdes le pondrías un clavo extra?

Al ataúd del compromiso social. Le pondría una estaca, más bien.

Estás en París, a principios del siglo XX. Todos los escritores que conoces pertenecen a algún grupo literario y ninguno te acepta. Tienes que inventar tu propia escuela: ¿cuál sería?

La escuela Neonegativista, sin lugar a dudas.


Si pudieras cambiar parte del argumento de una célebre obra literaria, ¿qué obra sería y cuál sería el cambio?

Cambiaría el final de
La montaña mágica: no disolvería al protagonista en el fragor de la guerra, sino que lo dejaría en Davos para siempre.

¿A qué personaje literario le caerías a golpes?

A Hércules Poirot

¿Cuál fue el último libro ajeno que te ocasionó un atisbo de envidia?

Las golondrinas de Kabul, de Yasmina Khadra

Te llevan, por un tiempo indefinido, a las mazmorras del castillo, donde sólo hay dos celdas que ya albergan cada una a un prisionero. ¿Prefieres compartir la celda del Quijote o la de Hamlet?

Dos locos de atar... hmmm. No creo que pudiera soportar las depresiones del danés. Prefiero al manchego y sus historias.


TS Eliot aceptó las masivas modificaciones que Ezra Pound le hizo a The Waste Land. ¿A quién --sin barreras de tiempo-- le darías una libertad similar con un manuscrito tuyo?


En realidad a algunos cuantos: a William Faulkner, a José Donoso, pero seguramente y sobre todo a John Gardner.

Mishima construyó un ejército personal para reivindicar la idea de honor del Japón medieval. ¿Con qué objetivo armarías un ejército?

Un ejército virtual para patrullar el ciberespacio, donde hay tanto lunático suelto.


Siempre ha habido libros de los que medio mundo habla pero que muy pocos leen en verdad. ¿Con qué libro sospechas que ocurre algo parecido en estos tiempos?


Dejando de lado clásicos de la impostura como
En busca del tiempo perdido, La montaña mágica o Tristram Shandy, supongo que actualmente ese libro sería 2666.

Te acaban de nombrar ministro de Educación y tu primera orden es eliminar de los libros escolares a cierto autor. ¿De quién se trata?


Eliminaría
Corazón, de Edmundo de Amicis, porque resulta insufriblemente empalagoso, lo que contribuye en demasía a la ya de por sí natural tendencia al melodrama de los peruanos.

Si tuvieras el poder de regresar a la vida a un escritor ya muerto, ¿a quién elegirías y por qué (o para qué)?

Eligiría a Borges: para que gane el Nobel y para escuchar sus
boutades e incorrecciones políticas en estos tiempo de memez política.



2.12.09

Clones y orígenes, 2

La imitación como acelerador y como freno

Hablemos de
covers. Me llama la atención la suerte diversa de dos canciones de los Beatles, posiblemente de similar fama, pero de distinta acogida en cuanto a covers se refiere: Yesterday (1965) y Hey Jude (1968), ambas de Paul McCartney.

A
Yesterday se la reconoce habitualmente como la canción más recreada de la historia, con 1600 covers según el Guiness Book of Records, y cerca de 3000 según otras fuentes.

Los artistas que han hecho
covers de Yesterday, además, parecen venir de campos muy diversos: están los héroes del R&B y el soul, como Ray Charles, Smokey Robinson and The Miracles, The Supremes o Marvin Gaye; están los íconos del jazz como Count Basie, Oscar Peterson, Sarah Vaughan o Ellis Marsalis; están los crooners legendarios como Tony Bennet, Frank Sinatra o Tom Jones.

En la lista hay más de un nombre relevante del rock americano, como Elvis Presley, Joan Baez, John Denver o Bob Dylan (que nunca llegó a lanzar el
cover que grabó); algunas estrellas del mundo latino: José Feliciano, Cheo Feliciano; y una larga nómina de artistas de otros géneros, como LeAnn Rimes, Marianne Faithful, Cilla Black, Nana Mouskouri, The Seekers y, en polos opuestos, Boyz II Men y Plácido Domingo (la del español es sin duda la versión más insoportable de todas).

Hey Jude, en cambio, ha sido objeto de pocos covers de artistas reconocidos; si buscan en iTunes, por ejemplo, encontrarán decenas de versiones musak o producidas por bandas-tributo, pero poco de lo otro. Las excepciones son los covers ensayados por Joe Anderson, para la película Across the Universe (formulaico, muerto, enteramente imitativo y sin personalidad); Duane Allman; Grateful Dead, sólo en vivo y muy parcialmente; y, eso sí, cuatro jazzeros importantes: Maynard Ferguson, Sarah Vaughan, Woody Herman y Count Basie. En la mayor parte de los casos, se trata de versiones exclusivamente instrumentales.

En 1984, cuando McCartney regrabó muchos de sus éxitos beatle como
soundtrack para una mala película suya llamada Give My Regards to Broad Street, con Ringo Starr en la batería, hizo él mismo su único cover de Yesterday en estudio, cambiando prácticamente nada. El plan original incluía grabar una nueva versión de Hey Jude, pero Ringo se opuso.

¿El argumento de Ringo? Según él,
Hey Jude no era simplemente una canción sino una suerte de happening que no resultaba justo replicar en otras condiciones. El contra-argumento del autor, McCartney: Hey Jude era una canción como cualquier otra, y no había motivos para no reintentarla. Finalmente, el cover no fue hecho.

Curiosamente, parece que la idea de Ringo fuera la de casi todos los artistas del rock que alguna vez hayan sido tentados por la posibilidad de ensayar sus propias variantes de Hey Jude.

¿Qué tiene Hey Jude que no tiene Yesterday? ¿Por qué Yesterday se presta tan fácilmente a la reproducción, la imitación, el nuevo ensayo, mientras que Hey Jude parece empecinarse --con éxito, además-- en conservar su aura, su marca de producto único, irrepetible?

La primera respuesta que lo tienta a uno es la más fácil: será tal vez que
Yesterday es más fácil de imitar, por convencional. Dylan, de hecho, años antes de grabar su propio cover, declaraba a los cuatro vientos que Yesterday no era nada especial y que cualquier paseo por lo archivos discográficos de la National Library permitiría encontrar decenas de temas del estilo Tin Pan Alley tan buenos o mejores.

¿Quizá
Hey Jude es demasiado diferente para generar imitaciones? ¿Cómo competir con esos cuatro minutos de coda, con las tres decenas de instrumentos que van ingresando poco a poco en el tejido de la canción, con los aullidos de McCartney que caen perfectamente en cada nota, con el ambiente ritual y el espiral mántrico?

Pero no. Si el aire
sui generis de una canción la hiciera (casi literalmente) inimitable, no habría cómo explicar otros casos. Paint It, Black, de los Rolling Stones, ha sido objeto de covers de centenares de artistas absolutamente disímiles, desde U2 o Blondie hasta Azúcar Moreno; desde Echo & the Bunnymen hasta Duran Duran y The Residents.

Sympathy for the Devil, una canción enormemente original en su momento, con su espíritu afro y su ritmo de seudo-samba, ha sido rehecha por Roxy Music, Jane's Addiction, Tiamat, Guns N' Roses, Ozzy Osbourne y Pearl Jam, entre otros muchos músicos.

En otro campo, ¿por qué la
Gioconda, L'Ultima Cena, Guernica, American Gothic o Las meninas son objeto de imitación, de cita o de parodia con mucho más frecuencia que Les Demoiselles d'Avignon, El bautismo de Cristo del Greco o El jardín de las delicias del Bosco, que no son menos célebres ni menos icónicas? ¿Por qué tantos poetas escriben imitaciones de Catulo o de Propercio (quien, en el siglo veinte, luego del monumental esfuerzo de Pound en su Homage to Sextus Propertius, fue también objeto de libres y libérrimas recreaciones de poetas como Jaime Gil de Biedma, Ernesto Cardenal o Rodolfo Hinostroza, para citar sólo autores de nuestra lengua), y cada vez menos toman como mentores, en cambio, a los dos compinches de Propercio, Galo y Virgilio (que tuvo su mejor reingreso en los charts con un par de heterónimos de Pessoa)?

Quizá este último tipo de pregunta sea peculiarmente iluminador: no se imitan, copian, parodian, citan o rehacen las formas de unas determinadas obras de arte porque el imitador, el epígono o el reformulador las reconozcan como centrales o especialmente bellas, sino porque las reconoce cercanas, apropiables, inclinadas en la misma dirección en la que él quiere caminar: cuando se hace bien, el rescate recoloca el arte de un momento pasado en el presente y como un puente al futuro.

Eso, sin embargo, no quiere decir que los objetos que dan origen a la reelaboración sean obras adelantadas a su tiempo (ese objeto mágico que tanto le gusta mencionar a tanta gente): precisamente, en el mejor de los casos, lo que llamamos arte adelantado a su tiempo no es sino arte legitimado a posteriori, desde un futuro que perfectamente podría no haber llegado nunca y que, irónicamente, existe en gran medida como rehechura de artes pasadas.

Ahora bien, yo tengo la impresión de que una tradición musical que prefiere hacer 3000 covers de
Yesterday antes que intentar algo interesante con Hey Jude, no está precisamente abismándose con dirección al futuro a la velocidad de la luz, pero supongo que esa es una de las dinámicas de cualquier tradición artística, la pausa, el reconocimiento y la asimilación antes del siguiente paso.

Imágenes: el video de Hey Jude; Marianne Faithful; Paul McCartney y Ringo Starr; los Rolling Stones por Godard; Ezra Pound por Avedon.



1.12.09

La novela de las 100 palabras

Concurso de Puente Aéreo: primera edición

Hay novelas-
tweet dando vueltas por Internet. Por ejemplo, novelas de misterio hechas de microcapítulos con menos de ciento cuarenta caracteres cada uno, algunas veces construidos no por un solo escritor, sino por varios en diálogo.

Puente Aéreo plantea un concurso en un campo relacionado pero distinto. No se trataría de un premio a la mejor novela escrita siguiendo el procedimiento anterior. La idea es otra.

Se trata de
un concurso que premiará al mejor resumen de una novela clásica, resumen que no deberá tener más de cien palabras.

¿Los antecedentes? Umberto Eco escribió una célebre síntesis del
Ulises de Joyce en dieciséis líneas, y antologó en un ensayo otros resúmes clásicos: uno de Crimen y castigo hecho por Alberto Moravia, otro de Robinson Crusoe ensayado por Italo Calvino, etc.

El Huffington Post, desde hace semanas, tiene abierta la convocatoria para un concurso de resúmenes de novelas que no excedan los ciento cuarenta caracteres, es decir, las dimensiones de un
tweet en Twitter.

Dieciséis líneas no parece demasiado reto para los hábiles lectores de Puente Aéreo. Pero ciento cuarenta caracteres es un abuso de minimalismo. Por eso me decido por una medida intermedia: cien palabras.

Las novelas elegibles para concursar deberán ser clásicos en el sentido coloquial de la palabra: novelas famosas del pasado, reconocidas en el género, sin importar en qué tradición, en qué lengua, en qué periodo, exceptuando sólo los últimos veinte años.

Si en algún caso asoma la duda, el jurado (ok, yo y un par de amigos) tendrá la potestad de decidir la validez o invalidez del texto elegido por un concursante como objeto de su resumen.

Las bases (en resumen):

1. Puede participar cualquier persona excepto el administrador de Puente Aéreo o los miembros del jurado (que será anunciado en los próximos días).

2. Los textos participantes deberán estar escritos en español y no exceder las cien (100) palabras.

3. Los textos deberán ser resúmenes de novelas célebres de cualquier tradición, publicadas antes del año 1989.

4. Los textos pueden remitirse de dos maneras:
a) Directamente al blog Puente Aéreo, como comentario a este post o a cualquier otro post dedicado al concurso que aparezca en lo sucesivo. No se admitirá oficialmente en el concurso ningún texto anónimo (por razones obvias: se necesita un ganador con identidad propia).

b) Al correo gfaveron@gmail.com. En este caso, el texto será colocado por el administrador de Puente Aéreo en alguno de los posts dedicados al concurso. Si el remitente prefiere no ser identificado, se respetará su elección. Pero, en caso de ganar, su identidad sí será dada a conocer. Por lo tanto, el remitente deberá identificarse pertinentemente al enviar su correo electrónico.
5. El plazo para remitir los textos vence el 15 de enero. El nombre del ganador se dará a conocer el 30 de enero.

6. El premio será, por supuesto, la gloria pasajera, pero vendrá acompañado también por una colección de libros que compilen la narrativa breve
completa de los escritores Abelardo Castillo, Antonio di Benedetto, Jose Maria Eca de Queiroz, William Faulkner y J.G. Ballard.

29.11.09

Test de Wilde, 6

Mario Bellatín y la envidia por el Corán

Entre muchas otras cosas Bellatín es conocido por la concisión de sus novelas; también sus respuestas al sacha-Wilde son breves y selectivas (y algunas preguntas las ha pasado por alto).

¿Qué pintor ha pintado el mundo como tú lo imaginas cuando escribes?

El sobrino de Isamar, que empieza en el papel y termina debajo de la mesa.

¿Cuándo comenzó el siglo XXI para la literatura en español?

Es una pregunta perfecta para el siglo XX.

En una tumba está enterrado el compromiso social del escritor; en otra, el realismo mágico. ¿A cuál de los dos ataúdes le pondrías un clavo extra?

¿Los enterraron vivos?... ¿En una fosa común alemana además?

Si pudieras cambiar parte del argumento de una célebre obra literaria, ¿qué obra sería y cuál sería el cambio?

Lolita. Que fuera hombre y muera al final.

¿A qué personaje literario le caerías a golpes?

A Ana Karenina.

¿Cuál fue el último libro ajeno que te ocasionó un atisbo de envidia?

El Corán….

Te llevan, por un tiempo indefinido, a las mazmorras del castillo, donde sólo hay dos celdas que ya albergan cada una a un prisionero. ¿Prefieres compartir la celda del Quijote o la de Hamlet?

La de Hamlet, para dejar de dudar.

TS Eliot aceptó las masivas modificaciones que Ezra Pound le hizo a The Waste Land. ¿A quién --sin barreras de tiempo-- le darías una libertad similar con un manuscrito tuyo?

A Jerónimo de Hypatia.

Mishima construyó un ejército personal para reivindicar la idea de honor del Japón medieval. ¿Con qué objetivo armarías un ejército?

Por ninguno.

Siempre ha habido libros de los que medio mundo habla pero que muy pocos leen en verdad. ¿Con qué libro sospechas que ocurre algo parecido en estos tiempos?

Ulises de Joyce.

Te acaban de nombrar ministro de Educación y tu primera orden es eliminar de los libros escolares a cierto autor. ¿De quién se trata?

Camilo José Cela.

Si tuvieras el poder de regresar a la vida a un escritor ya muerto, ¿a quién elegirías y por qué (o para qué)?

A Lorca, para que se case en España.

27.11.09

Clones y orígenes, 1

La imitación como una de las bellas artes

En un artículo aparecido el primero de abril de 1903 en
La Revue blanche, el poeta Guillaume Apollinaire opinó de manera sui generis sobre cierto suceso artístico-policial muy comentado en París en aquel tiempo.

Una investigación había concluido que la bella tiara de Saitaferne, o Saïtapharnes, adquirida por el Louvre en 1896, no era una joya del siglo III a.C., sino la reciente falsificación de un artista anónimo. La reacción avergonzada de los museólogos y la desazón pública forzaron el retiro inmediato de la tiara.

Apollinaire, que entonces apenas comenzaba los dieciséis años que duraría su carrera como crítico de artes plásticas, afirmaba que, en vista de que la pieza misma era de una belleza innegable, y, según expertos orfebres, un prodigio técnico, su lugar debía seguir siendo el Louvre, no obstante el fiasco.

El hallazgo no desmoronaba las virtudes estéticas de la obra, decía Apollinaire; tan sólo alteraba su genealogía. Era un desmentido sólo arqueológico y por lo tanto no tenía “la menor importancia”, porque carecía de relevancia alguna que una obra fuera imitativa de otras o espectacularmente innovadora.

Una década más tarde, el 5 de mayo de 1914, en un artículo en
Paris-Journal, Apollinaire reclamó que sus colegas lo reconocieran como el primer crítico que había apuntado la singularidad de artistas como Picasso, Matisse, Derain, Braque, Duchamp, Laurencin o Léger. Entonces sí, la arqueología era más que relevante.

La década que media entre un ensayo y el otro --la he recorrido estos días, revisando la edición americana de Apollinaire on Art, una colección completa de sus ensayos sobre plástica-- ofrece decenas de demostraciones de que Apollinaire, con el tiempo, desarrolló un aprecio inocultable por la originalidad en las artes y, por supuesto, en la crítica.

Al cabo de ese lapso, los imitadores le habían dejado de parecer admirables: Israel Rouchomovsky, el orfebre de Odessa que en la última década del siglo XIX había confeccionado la falsa tiara de Saitaferne, y que salió del anonimato apenas cuatro días después del primer artículo de Apollinaire, no es mencionado por su nombre una sola vez en las quinientas páginas del libro, a pesar de que, luego de su recién adquirida fama, y tras ganar una medalla de oro en el Salón de Artes Decorativas de París, permaneció en Francia hasta su muerte en 1934.

Pero, en el ensayo de 1903, Apollinaire recorría un largo catálogo de variantes de la imitación que juzgaba artísticamente productivas: las pinturas anónimas medievales y renacentistas hechas “según el estilo del maestro tal”; los poemas compuestos a la manera de un escritor particular que declaran expresa o implícitamente esa intención; Apollinaire citaba incluso falsificaciones de grabados clásicos y esculturas célebres dudosamente atribuidas a un autor, al taller de un cierto artista o incluso a un periodo.

Hay obras cuya crucial situación en el devenir de una estética o de una tradición artística parece confirmada, justamente, por la forma reiterada en que son objetos de imitación.

En la literatura y el cine, de hecho, esa es parte de la dinámica de la formación de los géneros: el regreso repetido de unas obras sobre los temas, las formas y las postulaciones de otras es el motor de las coincidencias y las contradicciones que van formando las ramas de cada árbol genérico.

Pero no es tan fácil. Es cierto que hay obras de unos artistas que son tomadas por otros como modelo: descubren en ellas algo así como la
gestalt de otras obras venideras; las primeras son puntos de partida genéricos. Pero hay otras que se convierten en polos, en extremos, ciertamente portentosas pero tan insólitas que no son el mejor terreno para iniciar ese tipo de secuencia.

¿Por qué el
Finnegans Wake puede ser una cima en la historia de la narrativa y no ser el origen de una tradición genérica? ¿Por qué Cien años de soledad no ha dado lugar a la especie de las novelas latinoamericanas que describan un universo desde su origen hasta su desaparición, y, en cambio, El señor presidente, El otoño del patriarca, Yo, el Supremo o Conversación en La Catedral han ido enrumbando las aguas de una especie tan caudalosa como la novela de dictador?

Los métodos de Joyce o García Márquez han sido plenamente incorporados al arsenal de recursos de la narrativa contemporánea, pero los libros suyos que he mencionado no han inaugurado géneros. Lo mismo puede decirse de la saga sentimental proustiana, y con ello tenemos tres hitos de la narrativa del siglo XX que no necesariamente pueden ser vistos como momentos fundacionales en lo que ataña a la creación de una especie dentro del género novelístico.

El
Quijote, casi al contrario, abrió el campo de toda la novela moderna, pero la peculiaridad de muchos de los recursos narrativos cervantinos, como la sostenida autorreferencialidad, la casi neurótica obsesión de las cajas chinas y su manera de burlar la divisoria de realidad y ficción, sólo se ha vuelto parte del léxico común del género varios siglos más tarde.

Los cuentos de Kafka no sólo han sido imitados, sino que han provocado indudablemente la aparición de una especie particular dentro de lo fantástico-expresionista. Los cuentos de Borges, en cambio, son profusamente imitados, bien o mal, y con frecuencia poco menos que plagiados, pero no parecen propiciar una línea genérica: los autores “borgeanos” que se mueven dentro de la forma del relato breve, que era la forma de Borges, suelen carecer de mayor autonomía, no renuevan a Borges sino que viven a su sombra (curiosamente, los novelistas borgeanos, como Piglia, Auster o Umberto Eco, encuentran afinidad y también terreno de sobra para la voz propia).

El contraste entre la suerte de Kafka y la de Borges descarta la posibilidad de buscar una explicación en el factor de la idiosincrasia: ambos autores son nítidamente distintos de lo hecho en narrativa hasta su tiempo (aunque sean también rastreables, obviamente, sus deudas de época), y ambos son igualmente “personales”, pero uno parece más adecuado que el otro cuando el asunto es fundar una especie.

Tampoco parece crucial el tema simple y llano del talento: es cierto que haría falta, literalmente, otro Joyce para escribir algo similar a
Finnegans Wake, con su profusión lingüística, su oído dialectal, su casi sobrehumana capacidad para la polisemia. Y haría falta otro García Márquez (o un equipo de escritores de habilidad bíblica) para imaginar como él todo un mundo desde la génesis hasta el apocalipsis, lo que, dicho sea de paso, hace a veces cómica la obstinación con la que tantos escritores latinoamericanos dicen haber renunciado a escribir libros como Cien años de soledad porque no les parece un oficio interesante).

Pero también harían falta otro Raymond Carver y otro Gordon Lish para producir algo como
Will You Please Be Quiet, Please? o What We Talk About When We Talk About Love. Y, sin embargo, en ese caso, sobran los voluntarios que intentan el salto y se estrellan contra el techo de cristal una y otra vez: el camino al parnaso de la literatura americana contemporánea, y también el de la latinoamericana, están empedrados de libros que abrigan esa misma buena intención.

Por otro lado, no hay que olvidar que también libros muy malos fundan especies, que alguien escribió alguna vez el primer manual de autoayuda empresarial o el primer
best-seller de vampiros adolescentes. No está claro entonces, tampoco, que el tipo de imitación que se vuelve fundacional de un género, un estilo o una especie se dirija siempre a obras de gran nivel.

¿Cuál es, entonces, la cualidad que hace de una obra o de un autor el punto de partida de toda una estela de imitaciones, reformulaciones o emulaciones?

(continuará...)

Imágenes: Apollinaire según Maurice Vlaminck; la representación visual del Finnegans Wake según László Moholy-Nagy; el buen Franz y su amigo Max Brod en un día de playa kafkiano e ¿inimitable?

24.11.09

¿Cuándo es trivial una letra trivial?, 3

Diez maneras rápidas de arruinar una canción

Basta de críticas, pasemos a la acción. Los siguientes son diez recursos a la mano para cualquiera que quiera hacer una canción terrible y, sin embargo (a juzgar por los ejemplos) muy posiblemente exitosa.

1. El error de Procusto, que consiste en hacer que una letra calce a los cabezazos dentro de una melodía, y que al final de la batalla se noten todas las cicatrices. La verdadera maestra de este oficio es la mexicana Julieta Venegas, capaz de decapitar cualquier palabra por la mitad y de crear los hiatos y los diptongos más arbitrarios con tal de no tener que pensar mucho en otras variantes de letra o en modificar ni un punto la melodía. Sin embargo, el premio mayor de la categoría, en español, se lo merece una antigua canción del (ojalá) fenecido grupo ochentero español Cadillac: "Perdími oportú nidad, nolasupe apró vechar, yhaorayotroo cupan domí lugar; ya no se puede a-reglar la distancia enfrí ará, todo loquehú boentré losdós..."

2. El error operístico, que es el de proclamar una trivialidad dándole el tono de una joya lírica. No es necesario explicarlo demasiado. Basta con mencionar el ejemplo insuperado del siempre señero poeta Silvio Rodríguez: "Mi unicornio azul, ayer se me perdió, no sé si se me fue, no sé si se extravió, y yo no tengo más que un unicornio azul, si alguien sabe de él, le ruego información, cien mil o un millón yo pagaré. Mi unicornio azul se me ha perdido ayer, se fue". (Por cierto, Silvio Rodríguez debe de ser uno de los muy pocos cubanos en la isla en capacidad de pagar cien mil o un millón por un unicornio, o por lo que sea).

3. El error glúfico, que se comete al encadenar lugares comunes como si fueran hallazgos filosóficos y de paso hacer una canción infantil para adultos aniñados. También en este caso es más sencillo ilustrar con un ejemplo que explicar. Y el ejemplo es del bardo Joaquín Sabina: "Como además sale gratis soñar y no creo en la reencarnación, con un poco de imaginación, partiré de viaje enseguida a vivir otras vidas". Si se fijan, lo cuatro versos de la secuencia corresponde milimétricamente a otros tantos lugares comunes (y uno de ellos es en efecto idéntico al de una vieja canción para niños-niños).

4. El error suedorrockero, de los más comunes, que se produce al lanzar proclamas antisistema sin asomo de ironía en canciones hechas explícitamente para conformar al mercado. "¿Dónde están los ladrones?". La lista es interminable.

5. El error de Arjona, que consiste en pensar una idea trivial y parafrasearla de manera incluso más trivial. Por ejemplo, regresar al zurcido y otra vez agujereado tópico del joven que le canta, enamorado, a la atractiva mujer de cuarenta años, y adornarlo con un "señora de las cuatro décadas". ¿Otro ejemplo? Digamos que el filósofo se rompe el cráneo preguntándose qué ser omnipotente habrá creado a la mujer y de pronto, iluminado, descubre que quizá fue Dios: "No sé quién las inventó, no sé quién nos hizo ese favor, tuvo que ser Dios, que vio al hombre tan solo y sin dudarlo pensó en dos". Ok. Si alguien puede lograr que la Biblia suene estúpida, ese es Arjona.

6. El error de la ropa del emperador, que se encuentra en aquellas canciones en las que la letra termina parodiando al emisor sin que éste detecte la propia (involuntaria) ironía. Este feudo lo domina la familia Iglesias de manera indudable, con el padre cantándole a las quinceañeras y el hijo cantándose a sí mismo en su afán de reemplazar al papá. Me niego a ofrecer ejemplos.

7. El error antiintuitivo, que se da cuando el autor de la canción desconoce el sentido de las palabras que usa o les otorga un significado tan idiosincrásico que resulta en un mensaje casual, errático o azaroso. El viejo vals peruano que habla del "negro azabache de tu blonda cabellera" es sin duda una muestra maravillosa: el autor ignora que la cabellera azabache es negra y la blonda, rubia, y termina por acuñar una moda de tinte de pelo que sólo llegaría varias décadas más tarde. Supongo que alguna versión extraña de este error queda resumida en el nombre del grupo peruano Líbido, cuyos miembros parecen desconocer la diferencia entre las palabras "lívido", esdrújula, y la palabra grave "libido", que significan amoratado o pálido (lívido) y deseo sexual (libido), respectivamente. (Y mi amigo el lingüista dirá que estos hablates sólo están un paso adelantados al cambio dialectal, pero en fin).

8. El error anacrónico, que sucede cuando un autor quiere estar en el filo de la navaja de la estética y no hace sino recurrir a una poética del año del rey Pepino (no siendo este Pipino, necesariamente, Pipino el Breve, rey franco del siglo VIII, aunque a veces sí). Un ejemplo evidente es Juan Luis Guerra, proclamado poeta popular, autoproclamado cantor vanguardista (lo que ya es todo un reclamo retro), que cita a Vallejo y a Neruda como inspiraciones pero nunca llega más allá de la imaginería del romanticismo español o, a lo más, el primer modernismo latinoamericano: "Un puñal es tu cariño, no me lo claves que aún vivo, curando las noches de amor que te di; quiero beberme tus ojos, llorarlos sin fin". O: "Qusiera ser el aire que respiras, quisiera ser el rizo de tu pelo", etc.

9. El error atópico-anacrónico, que es un error escénico, y se produce cuando el intérprete demuestra sobre las tablas que no tiene idea de lo que está poniendo en escena. Un ejemplo que me viene a la mente: cuando en la entrega de Oscar del año 2004 Santana y Antonio Banderas se dieron maña para cantar la canción de Diarios de moticicleta como un himno a la libertad, en Hollywood, mientras llevaban cruces católicas, medallitas de la Virgen y una camiseta del Che Guevara, demostrando que en materia de historia contemporánea no tienen mucha idea de dónde están parados y aun menos idea de qué cosa es la libertad. Ninguna letra resiste ese sabotaje inopinado.

10. El error de la danza autorreferencial, muy frecuente, que se produce cuando el letrista está convencido de que su audiencia sólo podrá bailar al ritmo de su canción si la letra le da una lista de instrucciones puntuales sobre qué hacer con cada parte del cuerpo en cada momento preciso. "Las manos hacia arriba, las manos hacia abajo, y como los gorilas, ¡uh,uh,uh,uh! Todos caminamos"... Existe, claro está, la variante del referéndum democrático, en la que el cantante debe preguntar a la audiencia si la canción está cumpliendo su cometido. "Alza la mano si tú estás gozando..."

(Quizá los números 7 y 10 y algunos otros, en ciertas ocasiones, sea posible redimirlos con la música; en los otros casos me resulta bastante dudoso).

La grasa de Alan

Otro pishtaco logra la fama internacional



Conan O'Brien, conductor de Late Night en NBC, sostiene desde hace años un intercambio de burlas con la actriz Kirstie Alley, famosa en los ochentas por su papel en la serie Cheers.

Alley subió muchísimo de peso y ha sido vocera comercial de más de un método de adelgazamiento, siempre, lamentablemente, para volver a la obesidad. O'Brien ha aprovechado a Alley como objeto de todas las bromas sobre gordura que le han pasado por la cabeza en la última década.

En días recientes, las respuestas de Kirstie Alley se han vuelto más duras y O'Brien ha optado por no mencionarla más y elegir arbitrariamente a otra persona gorda para enfilar contra este nuevo blanco todas las bromas sobre el tema.

¿Quién es esa persona? En palabras del mismo O'Brien (que repite la misma frase dos o tres veces cada noche desde hace varios días) esa persona es "that fat president of Peru, Alan García Perez".

Es la segunda vez que escucho el nombre de García en la televisión americana: la primera fue cuando ofreció regalarle un perro peruano pelón a Obama y nadie le hizo caso.

Y es apenas la segunda vez este mes que escucho en la tele de aquí una mención al Perú. La otra fue la noticia de los pishtacos. Aunque quizá ambas sean partes de la misma historia. ¿No será una señal: grasa, pishtacos, García?

23.11.09

¡Plop!

Gregorio Martínez o la sutileza

Un amigo me hace notar que la columna de Gregorio Martínez el último domingo en Perú 21 contiene el siguiente alucinante párrafo sobre la novela
Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa:

"Toda la atmósfera deprimente de la novela Conversación en La Catedral se debe a la angustia de Zavalita porque sospecha que su padre, el empresario Fermín Zavala, es homosexual. Desgraciadamente ese es el punto de vista del narrador. O sea, el autor avala la homofobia".

¿Lo vieron? Gregorio Martínez sostiene, sin más argumentación que un punto seguido y un "o sea", que cualquier idea atribuible al narrador en una novela es una idea compartida por el autor de la novela.

Un lector o un crítico que piense de ese modo es básicamente incapaz de percibir una serie de fenómenos elementales en la literatura: la ironía, la parodia, el pastiche, el distanciamiento crítico, la proyección ideológica, la sátira, y recursos como los del falseamiento del relato o el narrador desconfiable. Y ni qué decir de su capacidad para entender el punto de vista o la focalización o las atribuciones oblicuas o indirectas.

Quien confunda narrador con autor deberá creer que el autor del
Quijote encontró un manuscrito árabe en un mercado (escrito por otro autor del Quijote), que toda narración en primera persona es autobiográfica, que el autor de "Deutsches Réquiem" era nazi y que Jonathan Swift (izquierda) quería comerse a los niños de Irlanda.

Ese un error permisible en un lector primerizo, que caiga o resbale en un aula de tercero de secundaria y no vuelva a tener contacto con la literatura nunca más en su vida. Pero no en un ensayista, y mucho menos en uno que acaba de ser consagrado con un premio prestigioso en el género. ¿Recuerdan?

Para todos los demás, que quede siempre claro: el narrador de una ficción es su primer elemento
ficcional, un recurso narrativo, una invención, una entidad textual creada como dispositivo para conducir el relato. No es el autor.

Más sobre Gregorio Martínez en Puente Aéreo: aquí, aquí y aquí.